ANIMAL SPIRIT

- By Rodo
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Capítulo 1 - División.

“Las bestias no merecen vivir, son seres despreciables y salvajes”. Esa frase que estuve oyendo durante años, volvió a mi mente después de bastante tiempo y honestamente nunca la entendí, “¿Qué nos han hecho? ¿Por qué no podemos vivir juntos?” Pensaba mientras aún jadeaba por el cansancio. Fue difícil, pero pude escapar de ellos.

Sigo cansado y tenso por la situación, pero al menos alguien me acogió en este nuevo sector que nunca conocí antes, la “Zona de bestias de Tokio”. No presté atención en su momento, así que no sé cómo es este lugar.

Oh, es cierto, olvidé presentarme, que tonto de mi parte.

Mi nombre es Daisuke, Daisuke Onohara y hasta hace poco era un humano. Vivía como cualquier otro en Tokio, al noroeste. Y podría decir que mi vida en ese momento estaba bien, hasta que sucedió ese suceso.

Todo empezó como un día normal de escuela, como siempre, las clases pasaban y pasaban. Recuerdo que ocurrió en la clase de deportes, en una sesión sencilla y amistosa de quemados, algo que cualquiera en ese grupo de alumnos podía soportar sin ningún problema.

Lo único que recuerdo de ese día fue un golpe certero en la frente tratando de defender a un amigo mío, dejándome inconsciente. De ahí, todos son vagos recuerdos de mí corriendo hacia mi hogar asustado y sumergido en incertidumbre. ¿Qué sucedió? ¿Por qué soy una bestia? y ¿Cómo es esto posible? toda mi familia es humana, entonces, ¿por qué soy algo que no debería? Fueron los pensamientos que hasta hoy siguen en mí.

—Y dime, ¿qué te pasó? —Oí, volviendo a mi realidad—. No es común ver a gente en tu estado por estos lares. —Era una voz cálida y que sentía que había escuchado hace bastante tiempo—. Unas personas me persiguieron. Tenían bates de béisbol y barras de acero. Con suerte un policía me ayudó a entrar a este lugar —respondí, aún tenso—. Comprendo, una bestia en busca de refugio, venida del horrible noroeste tokiota. ¿Tienes a dónde ir?

Simplemente negué con la cabeza. La casa de aquel venado fornido era bastante grande, moderna y pulcra. —¡Soy Kojiro, Kojiro Ota! ¿Y tú eres…?—Preguntó. —Yo soy Daisuke, señor—. El hombre tomó más tiempo para preguntar nuevamente.

—¿Puedo revisarte bien?—. La petición me tomó por sorpresa, no sabía si hacerlo pero la seguridad y la calidez que transmitía el hombre eran más que suficiente motivación para realmente mostrar lo que ahora soy, me quité la capucha de la sudadera roja que traía, revelando un pelaje totalmente blanco, algo sucio por el polvo y la mugre, un par de largas orejas, un cabello notablemente despeinado, un pequeño hocico con una nariz pequeña y una notoria cicatriz que pasaba desde la mitad del hocico hasta la parte media de mi mejilla derecha; y finalmente un par de ojos de pupilas azules con una mirada ligeramente baja. Ese, soy yo.

Kojiro me miró con detenimiento y se levantó de la silla donde estaba. —Bienvenido al sureste, pequeña bestia. —Me dijo con gusto, seguidamente me pidió que lo siguiera a su segunda pieza, en ella había una pequeña habitación, una cama sencilla, frente a ella había una televisión y una estantería, en ella habían libros de temas científicos y al lado de la cama había un escritorio con una pila pequeña de hojas de papel y unos lápices y plumas ordenados.

—Esta será tu habitación, Daisuke. Acomódate como gustes. —No me imaginé esa hospitalidad de parte del hombre.

—Muchas gracias, señor Ota, se lo agradezco bastante— dije algo asombrado. —Es un placer ayudar, no eres el primero en acudir conmigo, ¿Sabes? Y dime, ¿por qué estabas en el Noroeste? —Bajé la mirada al oír eso, pero de todas maneras, debía darle una respuesta.

—No era una bestia, al menos no lo era. Viví como humano hasta hace relativamente poco, de un momento a otro me convertí en uno como ustedes. Me sentí inseguro, tenía un latente temor a salir de casa y a veces solamente lloraba y me lamentaba en la cama. Eso, hasta que me cansé y decidí irme, al menos, para estar seguro.

Kojiro se quedó en silencio, al parecer le sorprendió que no naciera como bestia, —Eso es increíble, jamás había oído el caso de un humano que se convirtiera en bestia, pero quiero más que tu palabra, ¿puedes probar que has nacido como humano y no bestia?— Me esperaba que no me creyera por razones obvias, así que de mi pequeña mochila saqué de entre los billetes y monedas de entre cien y mil yenes un documento, una copia de mi certificado de nacimiento, un documento infalsificable al menos para mí, como era de esperarse, en esta marcaba mi especie como humano.

El venado se quedó bastante asombrado y no se le podía culpar, se quedó mirando la hoja un buen rato hasta devolverla a mis manos.

—Vaya, con que es cierto, ¿eh? —dijo volteando a ver su reloj y notando la hora, las 23:37. —Vaya que es tarde. Mira Daisuke, creo que es mejor que descanses, has pasado por mucho hoy y creo que es lo necesitas ahora. —Asentí y me senté sobre el colchón de la pequeña cama.

—Muchas gracias, señor Ota. En serio que no sé cómo agradecerle.

—No te preocupes, es un gusto ayudar. —mencionó para seguidamente cerrar la puerta. Me acosté, apagué la luz y me quedé mirando al techo de la habitación ahora a oscuras pensando en lo que había pasado, finalmente tenía calma para pensar claramente, “no sé cómo sean las cosas aquí, espero que Kojiro me guíe durante mi estancia y pueda adaptarme pronto”; fue mi último pensamiento antes de finalmente cerrar los ojos y por fín, dormir tranquilamente después de bastante tiempo.

Las horas pasaron y el día se asomó por la ventana, cuya luz se posó en mis ojos, despertándome repentinamente. Miré a mi alrededor y vi un reloj digital que no había notado hasta ese momento, este marcaba las 8:23 de la mañana, me levanté, salí de la habitación y bajé por las escaleras. En el comedor se encontraba Kojiro, este estaba bebiendo café mientras iba leyendo en una tablet, probablemente algún periódico digital o algo similar. Al verme me dió los buenos días y me ofreció de comer. Con el hambre insistente acepté, dándome un gran desayuno, no recuerdo cómo era en detalle pero era bastante variado. Probarlo fue un gran gusto, me sentó bien comer del plato, era como una muy cordial bienvenida y eso… bueno, no sabría como describir ese sentimiento. Al terminar no paré de agradecer, —Es un gusto ayudar, Daisuke—. El señor Ota respondió.

Después de todo eso miré fuera, simplemente por curiosidad. Afuera de la casa había un vecindario algo amplio, más amplio de lo que yo estaba acostumbrado a ver, varias casas algo separadas unas de las otras, nada que ver con las pequeñas cuadradas de residencias totalmente juntas entre ellas de la zona noroeste. Había poca gente caminando fuera, quizá yendo a trabajar, quizá para comprar algo en el supermercado, se me hizo curioso notar que algunas de las personas eran ¿humanos? —Señor Ota, ¿Hay humanos que viven en esta zona?

Él me miró algo extrañado al principio pero al mirar hacia la gente de la calle me respondió: —La verdad no, los que ves en la calle son bestias también. ¿No sabías que podemos alternar entre una y otra forma?

Negué con la cabeza ante la pregunta, eso fue nuevo para mí. —Cualquier bestia puede hacerlo, incluso tú, aunque no estoy seguro de todas formas puedes intentarlo. —Ahora que recuerdo, había gente que solía decir que las bestias se ocultaban en forma de humanos, pero creía que solo eran bulos de gente que seguramente se inventa quién sabe por qué, ahora me doy cuenta que tenían razón de cierta manera.

—¿Cómo lo hacen? —pregunté.

—No sabría decirte. Es una habilidad que desde muy pequeño hacemos y es difícil de explicar. Pero, puedes hacer esto, piensa en tu forma humana e intenta soltarla como si fuera algo tangible. Cuando lo puedas lograr solo te hará falta práctica para dominarlo y poder alternar cuando quieras.

Asentí, “con que, ¿pensar en mi forma humana?” Pensé, y justamente eso hice, pensé en mi yo previo al incidente mientras estaba con los ojos cerrados, me quedé así por un tiempo hasta intentar soltarlo abriendo los ojos, vi mis manos y el pelaje las seguía cubriendo junto al resto de mis brazos, vi mi reflejo por la ventana, el hocico, las orejas, la nariz; todas seguían ahí.

—Es normal que no lo logres a la primera, solo practica y como si nada volverás a tu forma humana— Kojiro me dijo mirándome, me quedé mirando afuera un buen rato, sentía que al fin no sería juzgado por ser ahora una bestia.

—Señor Ota, quiero salir, ¡quiero explorar todo este sitio! —El venado asintió aún mirándome, me levanté de la mesa y salí con mi pequeña mochila y sudadera, salí, a un nuevo mundo, la Zona de Bestias de Tokio.

Empecé a mirar a mi alrededor y a caminar por el lugar, había poca gente, la mayoría en su forma humana. Me sentí bien, me sentí libre por primera vez en meses, sin nadie que me juzgara o tratara de agredir, no pude aguantar sentirme emocional, pero rápidamente ese momento se desvaneció cuando un distraído chico zorro se tropezó cayendo sobre mí, llevándome consigo al suelo.

—Oh, lo siento, lo siento bastante, venía apurado y no te ví… —Se levantó rápidamente y me dió la mano —Perdona las molestias, lo siento.

Dudé un segundo antes de darle la mano, con la que me ayudó a levantarme. —No es ninguna molestia, no te preocupes —respondí.

—Me alegra saber eso. Soy Takao, por cierto. Takao Yagami.

—¡Un gusto! Soy Daisuke Onohara.

—El gusto es mío. Por cierto… ¿Eres nuevo por aquí? Nunca había visto un conejo blanco por este barrio—

—Ehm, sí, sí lo soy. He venido aquí hace casi nada.

—Oh, ¿En serio? Bueno, podría enseñarte la zona pero necesito apurarme. —En ese momento el chico se fue corriendo con prisa —¡NOS VEMOS! —me gritó a la distancia.

Seguí mi caminata después de eso, el camino seguía y seguía, sin nada que llamara mi atención; fue ahí donde noté un pequeño campo recreativo, este tenía dos canchas de baloncesto, un pequeño domo sobre las canchas y unas cuantas gradas a los lados.

No soy muy bueno en el deporte pero me gustaba el básquet. Al entrar me topé de nuevo con Takao, quien fue el primero en notar que entraba. Estaba acompañado de otros chicos, un par de lobos grises que por su apariencia podía intuir que son hermanos.

Simplemente me acerqué al pequeño grupo mientras Takao me presentaba a los dos chicos. El par de lobos grises me los presentó como Akira y Masahiro, ambos de apellido Okayama, podía identificar a ambos por su físico, Akira era más alto y su pelaje era más oscuro con toques negros en las manos y orejas, Masahiro era más bajo, su color era ligeramente más claro e inclusive con un ligero tono marrón.

Ellos se presentaron conmigo, y yo con ellos. Eran bastante amables, me invitaron a jugar con ellos y, ¿qué podía decir? Acepté sin más. Honestamente fue entretenido e incluso Akira me enseñó a lanzar correctamente el balón, no supe contar el tiempo que estuvimos jugando al básquet pero no me importaba tanto, realmente me sentí bien, feliz de estar acompañado y de tener con quien jugar tras mucho tiempo.

La tarde llegó y con ello todos se empezaron a ir, Akira y Masahiro se fueron por un lado y Takao y yo por el otro, ahora fijándome mucho más en el lugar, el zorro me fue notando hasta que finalmente me dirigió la palabra.

—Y… cuéntame, ¿de dónde vienes exactamente? —preguntó con un tono bastante curioso.

—¿Uh?— La respuesta me tomó por sorpresa, a pesar de que fuera predecible que me lo preguntara. —Bueno, no sé cómo vas a reaccionar cuando te lo diga…

—¿Por qué dices eso? ¿Es malo? —Su tono se mantenía igual de curioso.

—Soy del Noroeste… —finalmente respondí. Por un momento sentía que el chico me iba a decir algo más, creo que estaba presintiendo que fuera a reaccionar mal ante eso.

—Oh, del noroeste. ¿Eres alguien refugiado? —preguntó aún con curiosidad.

—No, es que, yo era un humano y… bueno, ahora soy una bestia. —dije algo nervioso.

—¿Estás bromeando? —dijo ahora con un tono incrédulo.

—No, no estoy bromeando, es la verdad.

Takao no parecía muy convencido pero realmente no se veía molesto, no parecía importarle el hecho de que fuera un humano en primer lugar, lo cual me dejó más sorprendido aún.

—¿No te molesta eso? —finalicé.

—¿Por qué debería? —respondió sorprendiéndome aún más—. No puedo odiar a alguien que no conozco.

No sabía cómo actuar, el saber que realmente no odiaban a los humanos aquí era extraño. Tantas historias de crímenes cometidos a bestias, asesinatos, robos y demás. No lo comprendía, pero me sentí bien al saber que no había ese odio que nunca comprendí.

Takao volteó hacia el noroeste, mirando hacia el gran muro que dividía Tokio en dos, a este punto me estaba empezando a emocionar, “¿no me iban a juzgar por ser lo que fuera?” Pensé.

—Quisiera ir al otro lado, conocer a los humanos, hablar con ellos y entendernos —continuó—. Sé que sientes que te vamos a odiar por ser un humano. Pero al menos para mí, eres bienvenido a este lugar, Daisuke.

Tras eso simplemente me quebré y lo abracé entre sollozos, me sentí como alguien más entre ellos; fue un sentimiento extraño pero realmente bonito. Takao simplemente me devolvió el abrazo y tras un rato llegamos a la casa del señor Ota.

—Bueno, creo que aquí ya nos separamos. —dije antes de ir a la puerta de la casa.

—Antes de que te vayas, ¿Podemos hablar en las canchas de básquet mañana? —me preguntó y asentí.

—¡Hasta mañana Daisuke! —lanzó antes de irse finalmente.

Alcé la mano en señal de despedida y tras eso, fuí a tocar la puerta. Tomó un momento pero el señor Ota me abrió e invitó a pasar. Él se sentó en la sala y decidí acompañarlo sentándome en otro de los sillones.

—Y bien, Daisuke, ¿Cómo te fue hoy? —me pregunto volteando su vista hacia mí.

—Bueno, conocí a alguien hoy, muy simpático. Se llama Takao

—Takao Yagami, ¿no es así?

—Sí, de hecho, ¿usted lo conoce?

—Sí, es muy buen chico, conozco a su madre.

—Oh, ya veo. Bueno, me invitó a jugar con un par de amigos suyos, uno incluso me enseñó un par de trucos.

—Me alegra que hayas conocido a alguien, Daisuke. Esta zona es extensa y así como él hay un montón de chicos por conocer.

Tras hablar un rato más y cenar, le deseé buenas noches al señor Ota y me fuí al baño a tomar una ducha, el bañarme se sintió liberador de algún modo. Tras salir y secarme, me miré al espejo, me pasé la mano en la cara, sintiendo el suave pelaje que envolvía mi cuerpo, mi nariz, mis orejas e incluso esa cicatriz. “Ahora, soy esto” pensé.

Al final y tras verme un rato más, me fuí a la cama, en el fondo quería que todo esto hubiera sido un sueño, pero esta era la realidad al final. Me acosté y miré hacia el techo, este era blanco y donde se posaba una lámpara que combinaba con la estética pulcra de la habitación.

Simplemente pasé mi mano por última vez en mi rostro y cerré los ojos, por fin durmiendo, descansando cómodamente; sentimiento que no sentía tras tanto tiempo con miedo, por fin esperando un nuevo día, una nueva oportunidad.